El mayor despilfarrador de la Historia: el excéntrico Luis XIV de Francia, el Rey Sol

luis XIVQue la realidad supera a la ficción en muchas ocasiones, es un hecho más que constatado. Para muestra: un botón. Os voy a relatar cómo era el protocolo para levantar de la cama al rey de Francia Luis XIV y el gasto tan desmesurado que ello conllevaba.

El orondo rey francés era despertado por el primer ayuda de cámara, que descorría las cortinas de la cama, que tenía dosel, y luego le lavaba las manos con alcohol. El monarca no hacía nada por sí mismo; tan solo se incorporaba en el lecho para beber agua y rezar una oración.

El primer ayuda de cámara le tendía la bata y dos pelucas (muy de moda en esa época). Hasta ahí todo “normal”: un criado que atendía las necesidades (algo excéntricas) de su señor.

Pero ahí no queda la cosa: mientras el Rey era afeitado ante un espejo sostenido por el primer ayuda de cámara, reclamaba la nobl: entraban los cuatro secretarios, el boticario, médicos, tesoreros, oficiales y ayudas de cámara… En la audiencia de cámara (entrèe de la chambre) los chamberlanes le susurraban al oído los nombres de las personalidades más importantes.

Pero el Rey Sol (quien dijo que “el Estado soy yo”) no se había acabado de vestir mientras estaba concediendo audiencias. Obispos, nobles, embajadores de otros países, cardenales… todos participaban de esta farsa real en la que Luis XIV era el centro de atención. Un juego político, donde el Rey Sol conseguía concentrar la atención de los poderosos del país y con ello evitar conspiraciones hacia su persona.

versallesEl Palacio de Versalles, el marco de estas representaciones, componía un escenario donde el centro era la figura real y los espectadores eran meros figurantes. Los nobles que quería escalar posiciones en el entramado del Estado dormían en los pasillos del Palacio, de genuino estilo Rococó, expuesto a pulmonías e infecciones de todo tipo. Sin duda, componían el cuarto trasero de este peculiar estilo de gobernar.

Para finalizar, transcribiré un relato del protocolo para vestir al monarca, que –recordemos- lo hacía delante de toda la Corte: “El Rey se ponía sus calcetines y sus pantalones, a los que estaban sujetas las sobrecalzas de seda; dos pajes le abrochaban los zapatos mientras Su  Majestad se dignaba a anudarse personalmente las ligas. Después, el Rey se quitaba el camisón, le entregaba al primer ayuda de cámara las reliquias que había llevado durante la noche junto a su cuerpo desnudo y solicitaba su camisa de día, previamente calentada . Ofrecerle esta prenda constituía el punto culminante de todo este ritual de culto. El derecho de alcanzarle la camisa al Rey correspondía al Monseigneur (título del hermano de mayor edad del Rey) o, cuando este se encontraba ausente, al cortesano de mayor rango. De las manos del oferente, la prenda pasaba a las manos de los ayudas de cámara: el primer ayuda podía sostener la manga derecha; el jefe de guardarropa, la izquierda; mientras el Rey, oculto tras la bata, se deslizaba dentro de la camisa”.

Al monarca aún le quedaba subirse los pantalones, ponerse su jubón de raso azul, rojo o verde; colocarse la banda azul; ceñirse el espadín; embutirse en su levita, atarse la golilla y elegir uno de los cuatro pañuelos que, sobre una bandeja de plata, le ofrecía el intendente del departamento de pañuelos… ¡Casi ná!

rey sol

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