Microrrelato para aliviar los calores de las sofocantes noches de la canícula tardo-primaveral

Adiós

“Me voy, no soporto más. Y no es por mí; es por ti. Has cambiado, Juan… Has cambiado”. Las últimas palabras de Cristina se ahogaban en un llanto interno que intentaba contener a duras penas. Cerró los ojos esperando el ataque furibundo de Juan.

Pero esta vez no hubo un reproche como respuesta. Ni un ataque, ni una palabra… Nada. Silencio… Cristina abrió sus ojos que ahora sí, estaban enjugados de lágrimas. Delante de ellos estaba Juan, boquiabierto y desencajado, incapaz de articular una sola palabra. “Bien, lo entiendo”. Respondió. Después, suspiró profundamente. Disimulaba así la angustia de la crónica de una muerte anunciada.

Todo fue maravilloso al principio. Ella llevaba una camiseta de tirantes y estaba bellísima en aquella romería. Su sonrisa tímida, su pelo largo y ensortijado, sus gafitas de aire intelectual… Fue alguno de esos detalles, o quizás todos a la vez, lo que atrajo el interés de Juan. Él se consideraba un tipo que se consideraba normal: ni guapo, ni feo; ni listo, ni tonto… Alguien del montón. Un tipo con poca iniciativa, menos emprendimiento, pero amante de soñar aventuras de las que él era el protagonista, el galán seductor por el que las chicas se quedaban prendadas al escuchar sus agudos comentarios cargados de ironía.

También Cristina se sintió atraída por aquel chico, tan gracioso, ni guapo, ni feo… Pero con un sentido del humor encantador. Su conversación la entretuvo aquella bochornosa noche de mayo. “No sudes, que no se me noten los cercos debajo de las axilas”, se repetía para sus adentros. Aquella fue una velada fascinante. Lo humano y lo divino, lo más trascendente y lo menos anecdótico… Rieron, cantaron, bailaron, incluso “filosofaron”. Aquella noche acabó, pero en aquella noche de romería iba a empezar algo…

Quedaron en más ocasiones, pasando desapercibidos en la inmensidad de los grupos de amigos. ¡Suerte que tenían gente en común, porque ninguno de los dos se atrevería a pedir una cita al otro! Sus miradas se cruzaban, las palabras de uno ponían en alerta al otro. Había sentimientos en sus corazones que estaban germinando. El trato amable, sus formas educadas, su exquisitez verbal. Era la clase de hombre con el que siempre había soñado Cristina. Fueron unos días maravillosos. En una noche de verano por fin juntaron sus labios… Despacio, muy despacio, marcando los tiempos. Los besos de Cristina eran lentos, cálidos y dulces.

No saben si fue por culpa de aquel eclipse lunar que tuvo lugar esa noche, pero ese beso de Cristina despertó en Juan un instinto de depredador que nunca había salido a la luz. De pronto, se vio desbordado su deseo. Sus manos pasaron por los pechos de Cristina de forma abrupta. Su boca se dirigió a su cuello, y de ahí a su oído derecho. La mordió y luego la susurró una irreverencia que ella no había escuchado nunca.

Cristina se lo quitó de encima. Todo lo que había soñado se esfumó en un santiamén. No, aquel no era el hombre de sus sueños. Y le dolió en lo más profundo.

Adiós

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